Por evitar el problema, ato a mi perro al árbol.

Para muchos, el título del artículo puede parecer una exageración o incluso una crueldad, pero he conocido varios casos de propietarios que han terminado atando, no directamente pero sí de forma progresiva, a su perro a un árbol. Una sucesión de acontecimientos que sirva de ejemplo y  no se aleje mucho de mi realidad vivida, podría ser el de una familia que vive en un piso y deciden coger a un perro, el cual, al cabo de unos meses, empieza a  ladrar cuando escucha vecinos en la escalera del bloque. Cuando los propietarios están en casa, rara vez lo hace y, si empieza a ladrar, consiguen detenerlo, más o menos, distrayéndolo con comida o corrigiéndolo con un “basta”. Pero el problema es que, cuando no hay nadie en casa, ladra durante un buen rato cada vez que oye algún ruido por las escaleras. Después de un par de “llamadas de atención” por parte de los vecinos, la familia decide dejarlo, cuando salen de casa, en la salita de estar, con la puerta cerrada. Al ser la sala de la casa más alejada de la escalera, ni se oyen tanto los ladridos, ni el perro oye tanto a la gente. Así estará más tranquilo, dicen. La consciencia de la familia, por dejarlo encerrado, también.

Al cabo del tiempo, la solución se descarta como buena por el coste económico que supone en desperfectos: pipis en el sofá, mobiliario mordido, puertas arañadas. La familia no sabe que lo poco que sacan a pasear a su perro, sumado al hecho de reducir el espacio al que está acostumbrado y al de no poder descargar energía con los ladridos a los vecinos, aumentan sus niveles de estrés y ansiedad, lo que explica el mal comportamiento en la salita.

Se decide buscar otra solución: el balcón de atrás. Tranquilizan su consciencia diciendo que allí toca el sol y puede hacer pipi si no se aguanta. El problema llega cuando la mamá de la familia descubre que el perro se ha comido sus apreciadas plantas y el adolescente, que las suyas también.

En un “muy a mi pesar”, deciden atar al perro con una cuerda de medio metro (que si la muerde, pasará a ser cadena de hierro) a su nueva –eso sí- caseta (otro tranquilizador de consciencia), en una esquina de la terraza, alejado de las plantas.

Y podemos dar gracias que al perro no le dé por hacer cualquier otra cosa que no sea del agrado de los propietarios o de los vecinos estando atado, porque es el penúltimo recurso de la familia. Y entre “lo queríamos mucho” y “si no hay más remedio”, acaban sacrificándolo.

Os podéis hacer una imagen de cómo solucionar un problema por la vía de la evitación puede delegar en un mal mayor o en un mal para el perro. Sólo recomiendo evitar situaciones que no hayamos podido practicar y que sucedan muy de vez en cuando (cada año, por ejemplo), pero nunca una rutina diaria. Y aunque no sucedan casi nunca, si queremos hacer algo divertido con nuestro perro para que se gane el paquete de salchichas que le hemos comprado, podemos practicar con esa situación.

Usad el ingenio; haced de la vida del perro un juego; indicadle una disciplina a seguir; cread reglas, normas y límites; buscad, cuantas más veces mejor, que SE GANE vuestro afecto y la comida; buscad un profesional si lo necesitáis; y os lo recomiendo como filosofía de vida para vosotros mismos: NO evitéis los problemas, afrontadlos.

By ZOOLAND

 

One Response to Por evitar el problema, ato a mi perro al árbol.

  1. Samanta dice:

    Me parece que en este tercer artículo se aborda sin preámbulos la realidad que precede muchos casos de abandono y sacrificio de perros. Excelente. Muchas gracias, Zooland.

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